El Mirador
Consultora La Lupa, Misiones, Argentina

Reflexiones navideñas de un grinch

Autor: Nicolás Panotto

Quienes me conocen, me definen como se dice popularmente: un grinch. El llamado “espíritu navideño” nunca me llega. ¿Para qué negarlo? Soy así. Poco veo a mi alrededor, a esta altura del año, que esa paz que tendría que traernos la memoria de Jesús (Lc 1.79) sea real, en una época plagada de estrés tras la vorágine laboral, de encuentros familiares forzados que aumentan visitas a psicólogos para enfrentar los conflictos que en todo el año se evadieron, en la exigencia que sienten padres, madres y familiares en tener que suplir con las demandas de obtener los “mejores regalos” que impone el mercado (¡a costo de endeudarse!), en una agenda cargada de actividades eclesiales y escolares, en tener que sonreír y emanar paz, amor y armonía por doquier cuando ello es lo que menos se siente.

Creo en la memoria subversiva del nacimiento, vida y muerte de Jesús –como lo define Johann Baptist Metz-, pero también la siento lejana –al menos yo- de quienes, incluso, la recuerdan. Me cuesta verlo en los clichés que se repiten por doquier como “buenos deseos” (clichés que sirven, en muchos casos, para ocultar sentimientos reales), en la cantidad de liturgias que se repiten y repiten cada año, en reflexiones que evitan hablar de los problemas y situaciones de crisis que se gestan en esta época particular, sin decir nada sobre los desafíos que impone la memoria del nacimiento de Jesús sobre ellos.

En resumen, creo que “la navidad” es un tiempo cuya importancia simbólica se pierde al transformarse en un relato plagado de condicionamientos religiosos, culturales, sociales y económicos, que distan de reflejar el espíritu de la historia que intenta recordar. Demás está decir que no creo que exista una sola manera de entender dicho “espíritu”, y menos aún que yo lo conozca o que mi manera de verlo sea “la” verdadera. Como todo símbolo, su poder reside en las posibilidades de interpretación que abre, y por ende la cantidad de formas de vivir que evoca. Pero eso no implica que algunas de esas prácticas, discursos y estilos sean sintomáticas o hasta patológicas en su función de ocultamiento.

A esta altura no hace falta argumentar porqué me he ganado el epíteto de grinch. Pero considero que mi sentimiento no es totalmente injustificado ni tampoco lo hago de malhumorado.

Creo en el valor de la memoria, del recuerdo y de los símbolos para potenciar la fe. Por ello, tratemos de sentir la paz de la navidad como un momento especial para conmemorar, pero como impulso para toda nuestra vida, cada día, en cada situación. Los símbolos son importantes por ello. Dejemos de vivir estas épocas desde las exigencias familiares, eclesiales y sociales. Tampoco estoy diciendo que hagamos de lado estos espacios. Pero debemos resignificarlos, siendo pacientes y dejando de juzgar –a nosotros mismos y a los demás- desde tantos parámetros que nada tienen que ver con el recuerdo del nacimiento de Jesús, y lo único que hacen es cargar más las espaldas con imposiciones fútiles.

Si hablamos de navidad, volvamos a sus orígenes. Guardemos un poco de silencio, dejemos la parafernalia ensordecedora, renunciemos a tanta carga emocional y social de lado, y contemplemos –en palabras de mi amigo Alessandro Rocha- esa “insignificancia” del símbolo del nacimiento, que habla también de nuestra propia insignificancia. Dios se hizo como nosotros. Transita nuestra penuria. Lo divino se manifiesta en la propia flaqueza, la contingencia, las contradicciones, las reacciones y emociones. Festejar navidad es reconocer lo divino en lo que somos, con lo que tenemos, con lo que deseamos llegar a ser.

Dejemos de lado esas visiones capitalistas, metafísicas, religiosas y exitistas, donde la estrella de Belén parece una luminaria de Hollywood, donde María y José se presentan como grandes estrategas, y donde el nacimiento de Jesús se asimila a la llegada de Hércules. Sintamos la presencia de Dios en el aroma del establo –lugar que refleja la exclusión del centro de poder, una migración exigida, la suma pobreza y el miedo a la persecución- sabiendo que allí, en ese lugar, lo divino escogió hacer presencia. Ese es también el aroma de nuestras vidas, el cual nos dice quiénes somos y de dónde venimos. Dios mismo nos hace humanos en ese lugar, en esa memoria.

Compartido por la Lic. Noelia Gimenez.

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Licenciada en Psicología Noelia Egle Gimenez